En la década de mil novecientos cincuenta, en el sector de Choconcha, en Jipijapa, existía un pozo del que todos hablaban… pero pocos se atrevían a desafiar.

Era una fuente extraña: ancha en la superficie, estrecha en el fondo, de donde brotaba tanta agua que llegaba a desbordarse hacia el río.

Los moradores decían que el pozo estaba encantado. Por las noches, desde lo profundo, emanaba una luz intensa y el agua se agitaba como si tuviera vida.

Una tarde, una mujer que fue a recoger agua vivió un hecho aterrador. Al lanzar su balde, una mano negra emergió del fondo y lo sujetó con fuerza. La mujer quedó paralizada, sin voz, fría, pálida, como si el miedo le hubiera robado el alma.

Días después, una joven lavandera, alegre y despreocupada, ignoró las advertencias del lugar. Decían que el espíritu del pozo se enamoraba de las muchachas hermosas. Al atardecer, cuando lanzó el balde al agua, un estruendo sacudió el pozo… las piedras se abrieron y una mano oscura la arrastró al fondo. [voz baja, respetuosa] Solo quedaron flotando el balde y un pequeño cintillo.

Desde aquel día, al caer la tarde, los pobladores comenzaron a escuchar una música antigua, triste y lejana, como si alguien cantara desde lo profundo de la tierra.

Años después, una gran inundación cubrió el lugar y el pozo quedó enterrado para siempre. Pero quienes pasan por allí aseguran que, cuando el sol se oculta, la melodía aún regresa.

No se sabe si es un alma que pena… o el eco de un amor que jamás pudo salir del pozo.

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